Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte
No tengo ni puta idea de si ese concejal de Alhendín, Granada, al que la Policía enchiqueró hace unos días es culpable o no de habérselo llevado crudo. Ni lo sé ni me importa, porque en Alhendín o en San Cebollo de Villaseca, si no es él, habrá sido otro. A algunos concejales, o políticos, o gente en general dedicada a tan bajuno oficio –bajuno sobre todo en España, precisemos la cosa– basta con mirarles la cara, o la foto, o el currículum, o el apodo, para hacerse idea de en manos de quién estamos. Acuérdense, por recurrir a un careto conocido, de El Cachuli, verbigracia, a quien Marbella en pleno estuvo orgullosa de tener durante largo y provechoso tiempo como alcalde, hasta que, oh prodigio, las vendas cayeron de los ojos, cesaron los aplausos y besos callejeros, y resultó que el tal Cachuli era un punto filipino que había abusado de la ingenuidad de tan despistado y honorable vecindario. Etcétera.
Quiero decir, ciñéndome al asunto, que, a efectos de la página que hoy tecleo, el hecho de que ese concejal presuntamente pillado en Alhendín con las manos en el ladrillo pueda ser ladrón por activa, por pasiva, probado, recalcitrante, supuesto o en grado de tentativa, no altera el producto. Una golondrina no hace verano en un país repleto de esos y otros pajarracos. Lo valioso, lo educativo, es la biografía del individuo, que yo diría espléndida, paradigmática, interesantísima para advertir la catadura moral, no de un trincón aislado, sino de toda una clase política criada a la sombra de los ayuntamientos y del lucrativo sistema nacional –lucrativo, claro, para quienes llevan décadas enquistados en él– de que cada perro se lama por su cuenta el ciruelo autonómico: una casta golfa, oportunista, atenta sólo a mantener caliente el negocio, engordada al socaire de la impunidad y la desvergüenza, sin distinción de signos ideológicos, partidos o militancias. Con el matiz de que lo que algunos, elementales y primitivos como somos, esperábamos de la derecha era precisamente eso: mucho trincar y mucho mear agua bendita. Pero de la izquierda –y cuando pienso en el Pesoe digo izquierda por llamarla de alguna manera– esperábamos algunas otras cosas.
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